NÚRIA PÉREZ

A los 12 años mi familia tuvo la santa idea de regalarme un diario con su candado. No tardé nada en empezar a anotar mis días, mi rutina de niña, mi aburrimiento... Poco a poco me fui dando cuenta que las páginas lo soportaban todo, que aquel era mi espacio secrreto, sagrado. Así que el diario se fue convirtiendo en una apéndice de mi ser. Desde entonces nunca he dejado de tener uno, pasara lo que pasara, viajase a a donde viajase, viviese en la casa que viviese. Siempre un cuaderno y un bolígrafo cerca.