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Argentina
Enviados de la Súper Intendencia de los Espejos se pasean entre los pasajeros. Se puede hacer un examen perfecto de sus intereses sin molestar ni interceder en su cambiante destino. Se puede observar qué quieren, qué buscan, qué llama su atención, qué los cautiva momentáneamente, qué les sucede y qué hacen.
En los vidrios sucios de los colectivos de línea de Capital Federal hay un mundo paralelo, el almíbar empalagoso de los curiosos o de los que están aburridos. El observador al acecho de un distraído. La virtud improductiva de imaginar historias que no tienen desenlace de los pasajeros frecuentes que revisan su celular, que miran las delanteras escotadas de las oficinistas, de los curiosos que miran al que está sentado, del que mueve la cabeza al escuchar música, de los que están pero no están.
Las personas cuando creen que están solas son muy diferentes a cuando se sienten observadas. En un medio de transporte público en hora pico jamás estarás solo. Algunos optan por olvidarse o hacer de cuenta que no saben que están todos ahí afuera, rozando sus codos y pies. Se ven algunas miradas que perdidas en la ciudad que está en permanente movimiento desde ahí arriba, acompañan el paso de la mujer que camina sola por la vereda, del padre que toma de la mano a su hija para despedir a la vecina que bajó a pasear al perro, al fiambrero sacando una bolsa con residuos a la vereda. Son los tibios, los soñadores románticos que menean su cabeza al ver cómo todo sucede, cómo la vida se desarrolla naturalmente. Los que se enternecen o afligen con lo que ven a través del vidrio. Los que sienten a través de la visión.
También están los de abstracción inducida. Los más reacios a la verdad, a la existencia misma del hambre, de la suciedad, del verdadero o efímero amor, de ver cómo son los que aparentan ser, de ver a los que realmente son, de la belleza y de la fealdad, de los malos modales y de la falta de ellos, de la suerte y la desgracia. Los que se pierden de todo lo que está al alcance del interés vagabundo.
Otros están expectantes a ver quién los mira. Esos definitivamente son los pescadores. Los que recogen la tanza velozmente y saben perfectamente cuando cambiar el sentido de la posición de sus pies, de mover sus dedos, de mirar hacia otro lado, de acomodar su pelo, de sostener mejor la cartera o el maletín, de revisar sus bolsillos. Los que desprolijos y nerviosos intentan distraer la atención del que los mira y finalmente en vano lucen