Catequesis Familiar
Catequesis Familiar
Catequesis para adultos, familias,... Pastoral Familiar San Alberto Magno. Email: [email protected]
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La elegancia, perfume de la persona, pasa por la sencillez. No sólo externa, sino de mente o pensamiento.
Las mentes complicadas son poco coherentes y no son modelo de elegancia, sino de cansancio y confusión para quienes escuchan.
La sencillez es distinta de la simpleza. La sencillez supone: orden, claridad, presición, inteligibilidad.
La simpleza nos sitúa en: pobreza de argumentos, ausencia de matizaciones.
Profundidad y sencillez no son dos términos contrapuestos. Ni mente complicada ni mente ramplona son elegantes. Una produce cansancio, la otra aburrimiento.
La sencillez y la transparencia nos provocan o facilitan una visión realista de la vida, una madurez psicológica y una instalación elegante en la existencia.
La virtud, uno de los ejes de la felicidad. El paisaje de la virtud no es como muchos creen: triste; sino lleno de luz y de alegría.
La verdadera elegancia no es frívola ni superficial, tiene peso y profundidad a través del ejercicio de la libertad que ha sabido escoger en cada ocasión lo mejor.
La virtud es bella y participa del bien y de la verdad, por tanto irradia un aroma capaz de enamorar a quien lo percibe.
Hay que redescubrir la virtud como quien redescubre una obra de arte de valor incalculable.
La virtud no se relaciona con: el aburrimiento, lo anticuado, lo pusilánime, lo cursi.
Algunas virtudes: el paciente, el magnánimo, el cariñoso, el amable, el discreto, el justo, el respetuoso, el comprensivo, el tolerante, el solidario, el veraz, el alegre, ...
Una gran cultura, profundidad y sencillez son términos que se dan la mano. Discurso ordenado, finas matizaciones, obteniendo conclusiones, sentido del humor, optimismo, sonrisa más que quejas o ceños fruncidos...