Colgada de un portatil

Dice el refrán que uno es esclavo de sus palabras y dueño de su silencio. Si eso fuera cierto, estamos dando por sentado que permanecer callados es siempre mejor opción que decir lo que pensamos o expresar lo que sentimos. Vamos, que es preferible cerrar la boca a decir lo primero que nos venga a la cabeza.

Estoy segura de que habrá muchos defensores de esta filosofía de vida; todo mi respeto a aquellos que han decidido vivir en la precaución del silencio y que quizá nunca se hayan planteado que más que una manera de vivir, es un modo de no hacerlo. Renunciar al uso de la palabra es básicamente darle la espalda a tu libertad, permitiendo que el oscuro hueco del miedo y la inseguridad coma cada vez más espacio al de tu independencia vital.

Confieso que llevada por mis emociones he podido decir cosas que ni siquiera sentía, toneladas de tonterías han salido también por mi boca, cantidad incontable de respuestas que no tenían sentido ni para mí, o afirmaciones absurdas imposibles de descifrar. Pero eso es lo que me hace humana, lo que nos hace humanos. Expresarse, defenderse y compartir lo que sientes son tareas tan valiosas y necesarias que nadie debería renunciar a ellas, aún a riesgo de equivocarse.

Porque decir lo que pensamos es tan humano como meter la pata.