Edgar Cortez Machorro

Mexico, D.F.

Oh adioses a una tierra y otra tierra

a cada boca y a cada tristeza,

a la luna insolente, a las semana

que enrrollaron los días y desaparecieron,

adiós a esta y aquella voz teñida

de amaranto y adiós

a la cama y al plato de costumbre

al sitio vesperal de los adioses,

a la silla casada con el mismo crepúsculo,

al camino que hicieron mis zapatos.

Me difundí, no hay duda,

me cambié de existencias,

cambié de piel, de lámpara, de adiós,

tuve que hacerlo

no por ley ni capricho,

sino que por caddena,

me encadenó cada nuevo camino,

le tomé gusto a tierra, a toda tierra.

Y pronto dije adiós recien llegado,

con la ternura aún recien partida

como si el pan se abriera y de repente

huyera todo el mundo de la mesa.

Así me fui de todos los idiomas,

repetí los adioses como una puerta vieja,

cambié de cine, de razón, de tumba,

me fui de todas partes a otra parte,

seguí siendo y sihuiendo

medio desmantelado en la alegría,

nupcial de la tristeza,

sin saber nunca ni cómo ni cuándo

losto para volver, mas no se vuelve.

Se sabe que el que vuelve no se fue,

y así la vida anduve y desanduve

inundándome de traje y de planeta

acostumbrándome a la compañia,

a la gran muchedumbre del destierro,

a la gran soledad de las campanas.

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