Irene garcia
Nací en Sabadell en 1985, durante el veranillo de San Martín. Mi vida hasta ahora no merece mucha explicación: viví, crecí y estudié en Sabadell. Cursé la licenciatura en Humanidades en la Pompeu Fabra mientras hacía prácticas en la biblioteca y en la editorial Edicions del Pirata. Durante esos cuatro años soporté estoicamente los viajes en Renfe entre Sabadell y Barcelona, hasta que un año decidí estudiar en Londres y cambiar los interminables viajes en tren por los largos viajes en autobús entre Hampstead y el centro de Londres.
Precisamente fue durante ese año en Londres cuando alguien me preguntó cuál era mi pasión. Creo que respondí leer, no lo recuerdo, pero sí recuerdo que la pregunta me confundió durante un buen rato. Si hoy me lo volviera a preguntar, ya sé lo que respondería sin dudar: viajar. Desde pequeña mis padres nos han llevado a mi hermana y a mí a recorrer España, casi siempre en caravana. A veces incluso hemos salido a ver Europa, pero eso es algo que la mayoría de las veces he hecho por mi cuenta, sobretodo con amigos. La afición por viajar siempre ha estado allí, pero si tengo que marcar un punto de inflexión en el que viajar dejó de convertirse en un pasatiempo y se convirtió en casi una obsesión, este punto de inflexión tiene nombre y se llama Londres.
Después de un año de Erasmus me di cuenta que viajar no era tan difícil; incluso era más barato de lo que parecía. Descubrí los campos de trabajo, los vuelos low cost y los hostales incómodos pero a precio de ganga. Siempre me ha gustado recorrer los mapas e imaginarme cómo sería viajar a los países que aparecen en ellos. Me he imaginado rutas y viajes con billete solo de ida, pero nunca los he realizado. Mis viajes, por el momento, se han limitado a ser escapadas independientes y ocasionales durante los períodos de vacaciones. Los viajes largos siempre los pospongo por falta de presupuesto o porque me he marcado otras prioridades (las mismas de siempre: estudiar, trabajar...). Pero no por ello mis viajes los he disfrutado menos. Sin embargo, no descarto que esas rutas imaginarias se conviertan algún día en realidad y que pronto pueda hacer las maletas para (¿por qué no?) realizar la vuelta al mundo.