Alicia.

País de las Maravillas.

El primer día de un invierno me decoloró la piel con la gélida tinta de la nevada que cubría las cumbres granadinas. La nitidez del lago tocó con sus gotas mis ojos, retirándome la virtud del embuste a aquél que en mis pupilas se detenía pretendiendo adivinarme. Silbó la música en mis oídos una extraña sinfonía que consiguió conquistarme concibiendo un matrimonio trazado con tinta indeleble.

A día de hoy, imitando a un personaje que no ha existido, me novelo como una leyenda sempiterna.