Miguel Leyva

Un poema, nada y de todo un poco. En los días interminables de mi historia, he discurrido de cualquier cosa, y llegado hasta las últimas consecuencias de lo ininteligible. He pasado por momentos en que me asalta la ansiedad ineludible de leer cuanto ha sido escrito en la memoria de los mortales. En otras ocasiones, la sangre simplemente no me circula si no escucho a tiempo un ritmo imprescindible o una melodía apasionante, siendo la voz el único recurso que puede ayudarme a eludir la zozobra. Del diseño gráfico, un solaz para entretener el alma, cuando nunca fue un secreto mi afición por los pasatiempos virtuales, que en última instancia me ayudan a tomar conciencia de la condición de lo efímero. La única verdad es que mis amigos han sido todos con quienes he compartido lo más sincero de cada segundo, y que sin ellos me siento como hecho de sal. También he caminado por puntos perdidos del continente, como teletransportado en sueños, por playas del paraíso y ciudades a fuego vivo. Todo para descubrir cuán conminado me encuentro, por los intrincados planes del sagaz destino, a la singularidad inequívoca de mi propia existencia. Al final sólo hay una cosa que podría hacerme sentir a salvo para siempre de la ignominia, y es la certidumbre de haber amado hasta con lo más recóndito e ínfimo de mi ser. Y si hay algo por lo que siempre sería recordado, es por haber sido eternamente humano, en toda la extensión de la palabra.

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